Naranjas en aceite.

 

Naranjas en aceite

 

No me gusta la mermelada, pero si no puedo desayunar otra cosa, prefiero, por este orden, la de fresa, la de frambuesa y la de moras, como la mayor parte de la gente que conozco. A mi hermana Reina sólo le gusta la mermelada de naranjas amargas. Cuando éramos niñas, y veraneábamos con la familia de mi madre en una finca que el abuelo poseía en La Vera de Cáceres, la tata nos preparaba a veces un postre especial, una naranja desnuda –la pulpa pelada con mimo, dos, tres, cuatro veces, fuera primero la cáscara, luego las compactas capas de fibra amarillenta donde los médicos dicen que moran las vitaminas, limpia por fin de la gasa de venas blancas que soporta la presión feliz del zumo– y rebanada luego en finas rodajas, que rociaba, dispuestas ya sobre el plato como los pétalos de una flor, con un chorrito de aceite verde y una nevada de azúcar blanco. El almíbar dorado que brillaba sobre la loza cuando ya me había comido, despacito, la carne ácida y dulce de esa fruta bendita que siempre me duraba demasiado poco, era el bálsamo más eficaz que nunca he conocido, el remedio insuperable de todos los pesares, el ancla más potente entre mis pies y la Tierra, un mundo que me daba naranjas, y azúcar, y olivas verdes, vírgenes, un nombre de Dios, la cifra de mi vida. A Reina no le gustaba un postre tan grasiento, tan barato, aquel vulgar milagro de pueblo. Tardé años en descubrir que lo que hace amargas las naranjas es precisamente la fibra amarillenta que la tata extirpaba con tanto cuidado, sin romper jamás la tela de araña que preserva la carne jugosa, soleada, de la amenaza de ese amargor blanco, tumor de lo seco y de lo ajeno. Lo bueno es lo de dentro, me decía con una sonrisa mientras yo la miraba, mi boca codiciosa segregando de antemano un turbio mar de saliva. Siempre me ha gustado lo de dentro, los sabores más dulces y los más salados, los fuegos artificiales y las noches sin luna, las historias de miedo y las películas de amor, las palabras sonoras y las ideas antiguas. Aspiro solamente a milagros pequeños, ordinarios, como ciertos postres de pueblo, y prefiero la mermelada de fresa, como la mayor parte de la gente que conozco, pero hace muy poco tiempo que descubrí que no soy vulgar por eso. Me ha llevado toda la vida aprender que la distinción no se esconde en la amarga fibra de las naranjas.

Malena es un nombre de tango

Almudena Grandes

En esta entrada, en lugar de la cita de siempre  y  la receta por mi escrita, opto por publicar la relatada por Almudena Grandes  en el libro Malena es un nombre de tango de esta manera tan sugerente que utiliza siempre esta escritora para convertir cualquiera de sus lecturas en un auténtico placer.

Detalle

Creo que el fragmento ya especifica en qué consiste esta receta, que he acostumbrado a preparar tantas veces, ya no sólo como merienda o postre, sino como cena en aquellos días en que al haber comido tarde o demasiado copiosamente, no apetece nada salvo algo jugoso, ligero y sabroso como estas naranjas en aceite. Yo las acostumbro a comer con azúcar en lugar de miel y con AOVE, aplastando un poco la fruta con el tenedor y así poder mojar pan en los jugos, un auténtico placer.

Buen provecho.

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Publicado el 28 febrero 2012 en desayunos y meriendas, Postres y dulces y etiquetado en , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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